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La plaza del barrio

Muchos de los cuentos e historias que van a ver en este blog, están basados en sueños. Son sueños vívidos, cosas que me acontecieron en lo más profundo de mi imaginación, y que se hicieron parte de mí. Parte de lo que hoy en día, estoy construyendo en mi vida. Tal vez, y solo tal vez, algo de esto sirva para comprender un poco, como es que somos tan diferentes los unos de los otros como seres humanos.

Basada en un sueño

Nos sentamos sobre las ramas de los árboles de una calle que daba directamente a la avenida principal. Era pasando el mediodía, el sol estaba radiante en la calle, pero en los árboles el viento se hacía sentir. Desde ahí, teníamos una muy buena vista de que pasaba en dicha avenida. Estábamos impresionados. Desde la mañana venía llegando gente con autos re copados. Estaban brillantes, ni una sola pisca de mugre. Nunca habíamos visto algo así por acá. Estaban por inaugurar la plaza del barrio. Había nenes, claro. Pero no eran como nosotros, eran todos nenitos bien vestidos, con uniforme de escuela y todo. Pero lo más importante, tenían comida, y era mucha. Facturas, galletitas, y estaban preparando ollas con leche chocolatada, o al menos eso parecía. El estómago de uno de mis amigos hizo ruido y yo me asusté, aunque me di cuenta que no iba a pasar nada, están tan ocupados con el acto, que ni siquiera miraban para acá. Pensé en que parecía otro mundo distinto, como si fuese un planeta a parte o algo así. Estuvimos mirando todo el acto. La parte más aburrida fue la del discurso, ya ni recuerdo que decían. Cuando terminó, los chicos se fueron, pero los adultos se quedaron un poco más para levantar todo lo que habían armado. Bajamos de los árboles, cruzamos la calle y nos sentamos del lado del frente, en ronda, sin decir una sola palabra, no hacía falta. Nos miramos entre nosotros, y luego volvimos a mirar otra vez hacia la avenida, esta vez sin escondernos, porque ya habíamos entendido que nadie se iba a fijar en 6 nenitos flacos y mugrientos. La cantidad de comida que les había sobrado era impresionante, se podía ver bien, se ve que habían esperado que vaya más gente, aunque supongo que los adultos de por acá no quieren mucho a los políticos. ¿Cómo los iban a querer en un pueblito en donde apenas si tenían electricidad en algunas casas?
—¿Y si… vamos a pedirles algo? —Preguntó uno de los chicos.
—¿Y quién va? —Añadió otro.
Todos nos quedamos mirándonos por unos momentos interminables.
—Voy yo —les dije.
Me miraron claramente sorprendidos e impresionados. Sin siquiera meditarlo, me paré. Ellos se pararon justo después de mí. Fui por primera vez consciente de mi apariencia. Soy la única nena del grupo, y soy más bajita que los chicos. Tengo un vestido bastante manchado y lleno de tierra que me queda más grande de lo que debería, y tengo el pelo muy largo y sucio. Trato de sacudirme lo más posible la tierra, me doy vuelta, y empiezo a caminar hacia la avenida.
Al llegar, observo un poco la situación, y me doy cuenta que, al parecer, es una señora la que está a cargo porque se la pasa dando órdenes de un lado para el otro. Bajo a la calle, y me acerco a ella despacio, pero procurando llamar su atención.
—Disculpe…
—¿sí? ¿Qué querés?
—Bueno… Yo quería saber si no nos puede dar, para mí y para mis amigos, un poco de la comida que les sobró. De todos modos ustedes la iban a tirar, y algunos de nosotros no comemos desde ayer. Se lo agradeceríamos mucho.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Por qué habría yo de darte comida? ¿Qué me viste cara de beneficencia a mí? Tomatelá mocosita antes de que te dé una paliza.
—Disculpe señora, pero yo no le falté al respeto, yo solo quería algo para comer, nada más, no tiene por qué tratarme así.
—Ah, ahora vos me vas a decir como tengo que tratar a una mocosa insolente, y encima mugrienta. ¿A ver, y que manos usarías para comer? ¿Esas que tenés todas sucias?
—Le dije que yo solo quería algo para comer, no tiene que tratarme así, a ustedes eso les sobra. Pero sabe que, muchas gracias. Váyase a la mierda.
—¿Qué dijiste?
Me di vuelta y me estaba yendo, cuando me agarró por la espalda, me levantó, me puso acostada sobre uno de sus brazos, y con la otra mano me empezó a dar chirlos en la cola. Me dolió, sí, pero ni ahí le iba a dar el gusto de ponerme a llorar al frente de ella. Al final, me bajó al piso, y me dio vuelta para que la mire.
—Espero que con esto te alcance para entender que las personas como yo no tenemos que darle explicaciones a mocositas insolentes como vos, y que no tenés por qué faltarme el respeto.
El respeto primero me lo había faltado ella, pero no le dije nada. Me soltó, me di vuelta y me fui. Cuando estaba a unos 20 metros, me di vuelta, la miré con cara de odio y le saqué la lengua. Me vio, porque se había quedado mirándome cuando me estaba yendo. Seguí mi camino hasta llegar a la calle donde estábamos al principio. Los chicos estaban ahí esperándome, justo en la esquina. Yo me puse a llorar, y seguía llorando cuando nos tomamos de las manos, y empezamos a caminar hacia adentro, hacia ese submundo al que llamamos pobreza.