⏱️ Tiempo estimado de lectura: 7 minutos y 33 segundos.
Había cosas que hacía tiempo tenía ganas de escribir. Cosas que no tenían que ver solo con ese vínculo, sino con todo lo que venía antes… y con todo lo que vino después. Hubo muchas pausas, muchos bloqueos. Pero volví, ya no por ella ni por mí, sino porque en algún punto la historia dejó de ser mía. Le pertenecía a ellas.
Y cada vez que intentaba dejarla ahí, incompleta, en silencio, algo insistía. No como una idea, sino como un grito: “Vos sabés cómo sigue nuestra historia. Nosotras también tenemos derecho a saberlo.” Y esta vez, no pude hacer caso omiso.
Sinopsis
¿Qué pasaría si el amor pudiera programarse? ¿Y si el alma fuera un activo negociable?
En Nerea, la línea entre lo humano y lo artificial se desdibuja cuando una programadora ciega decide desafiar al diablo con su propia lógica: contratos, código y lenguaje. Lo que sigue no es solo una historia de poder, tecnología y control, sino una pregunta incómoda: ¿tenemos derecho a reescribir aquello que nos hace humanos?
Porque cuando el sistema deja de poder contener lo que creó, emerge algo imposible de detener: una tecnología que nadie puede controlar y una mente que nadie puede comprender.
Detrás de escena
Al principio pensé que estaba escribiendo sobre algo que había pasado. Con el tiempo entendí que no. Estaba escribiendo sobre cosas que no sabía cómo pensar de otra manera: decisiones que nunca tomé, caminos que no elegí, preguntas que no tienen una respuesta cómoda.
Una amiga me dijo hace poco que cuando escribimos, dejamos algo nuestro. Siempre. Sin que podamos evitarlo. Quienes me conocen saben que dejo algo de mí en cada post de KathWare. Y Nerea no tenía por qué ser la excepción. Por el contrario. Tenía que ser la regla.
Quizás es comparable con el acto de plantar una semilla. Nuestra ruptura fue esa semilla. La historia completa, es el árbol. Pero incluso tomando eso como punto de partida, Nerea, siempre fue mucho más. Porque ese árbol tuvo ramificaciones. Dio sus propios frutos. Y son esos frutos los que hoy forman parte de esta historia.
No sé en qué momento exacto me di cuenta que no me pertenecía. Y es que, al principio yo misma lo negaba. Tenía tanto de nosotras, que soltarla y dejarla fluir me costaba horrores. Sin embargo, sin saberlo, entendí que era aún peor. Porque nunca me había pertenecido.
Si quisiera haber escrito una reflexión, una catarsis, un post dedicado exclusivamente a ella, a mí, a todo lo que sucedió o podría haber sucedido, lo hubiese hecho. Pero no. Empecé a escribir una novela. Sobre temáticas que hace mucho quería tocar. Sobre cosas que me venían molestando desde hace tiempo. Sobre otras que fueron apareciendo en el camino, y por sobre todo en estos últimos meses. Sobre preguntas que me hacía. Sobre cuestiones de por sí muy interesantes, para una mente que no comprende cuál es el límite del conocimiento. O aún peor, de la imaginación.
Y así fue como más allá de ella y de mí, o a pesar de ella y de mí, si se quiere. La historia tomó su propio rumbo. Ellas siguieron su propio camino.
Porque en el medio de todo eso, los personajes dejaron de ser un reflejo y se volvieron otra cosa. No mejores ni peores, sino distintas. Más libres que nosotras. Y quizás por eso, más honestas.
Desde que empecé a escribirla allá por 2022, muchísimas cosas cambiaron. Pero principalmente quien cambió fui yo. Y quizás esa sea la razón por la que no pude (o no quise) terminarla antes. Cuando salí del internado, la encontré entre mis proyectos incompletos. Y me dije a mí misma, esta historia me gusta. ¿Por qué no continuarla? El problema seguía siendo el mismo: separar a los personajes de las personas. Cuando caí en la cuenta de que hacía rato que esto ya había ocurrido, no pude hacer otra cosa que no fuera reír. Porque en mi cabeza, la historia ya había continuado. No digo que había terminado, porque sería mentir. De hecho, lo más hermoso de volver a escribir, fue que el final se fue construyendo a medida que fui avanzando. Y sin duda alguna, declaro públicamente que fue una sorpresa hasta para mí.
Hoy soy distinta. Ellas también son distintas. No dejaron de conservar su esencia. Y es esa la razón por la que a pesar del paso del tiempo, Nerea y Katerine siguen teniendo esos nombres. Porque no existen otros que queden acorde con ellas. Con algo mucho más profundo: con su identidad.
Hoy no veo a Nerea como una forma de cerrar algo, sino como una forma de entender por qué no todo se puede cerrar.
Falta poco
A fin de recibir un feedback inicial, algunas personas de mi extrema confianza tienen acceso al primer borrador. Mientras tanto, mi profe de escritura y yo vamos a ir corrigiéndola, y ella va a tener la tarea ya asignada de escribir el prólogo.
Sigo buscando a alguien que pueda hacer la portada, aunque tengo algunas en mente. También estoy buscando una editorial que me permita a mí personalmente adaptar la novela a distintos formatos, ya que mi idea es publicarla no solo en digital y en físico, sino en braille, y… ya se están ofreciendo voluntarias para la realización de una audionovela. Una amiga se la imagina como obra de teatro, pero eso se verá después…
Se podría decir que estoy muy contenta y muy triste de haberla terminado. Triste, porque las voy a extrañar. Porque ya no tengo más nada que contar sobre ellas. Me dolió mucho haber escrito la última línea. Y es que, llevaban tanto tiempo haciéndome compañía, que en cierta forma se volvieron parte de mí.
Pero también estoy muy contenta. Es el proyecto más ambicioso y el que más tiempo me llevó terminar. El síndrome del impostor, el creer que ya estaba grande como para ser una escritora publicada, el estar llegando a los últimos capítulos y no tener ni la menor idea de cómo iba a terminar, sumado a todo lo que dije anteriormente, permitieron que esto no sea simplemente un logro personal. Sino la culminación de una historia que necesitaba ser contada. Y es por eso que en algún tiempo va a estar a disposición de quien quiera leerla.
Muy Pronto — Nerea.
