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Hace un tiempo, a mi tío le hicieron el cuento del tío. Pero en versión digital.
Lo llamaron, lo engañaron y consiguieron que les diera un código de seis dígitos que había recibido por SMS. Con ese código pudieron registrar su cuenta de WhatsApp en otro dispositivo y empezar a escribirles a sus contactos haciéndose pasar por él.
Después vino la segunda parte de la estafa: pedir plata.
Una de las personas que recibió esos mensajes creyó que realmente estaba hablando con mi tío y transfirió dinero.
Mi tío pudo recuperar su cuenta. Sin embargo, finalmente no sé si la otra persona pudo recuperar la plata. Pero supongamos que sí. Confiemos en que los bancos son honestos y hacen bien su trabajo
La historia podría terminar ahí, como una anécdota desagradable sobre una estafa más de las tantas que circulan todos los días. Pero me hizo pensar en otra cosa.
Hoy usamos el celular para prácticamente todo. Tenemos conversaciones privadas, fotos, contactos, correo electrónico, redes sociales, cuentas bancarias, billeteras virtuales, documentos y, muchas veces, las herramientas necesarias para recuperar las contraseñas del resto de nuestras cuentas.
Sin embargo, a muchas personas se les enseña a usar un celular, pero nunca se les enseña a usarlo de forma segura.
No hace falta ser especialista en informática ni vivir con miedo a que alguien nos esté hackeando. Hace falta conocer algunas medidas básicas y, sobre todo, entender por qué son importantes.
Nunca compartas un código de verificación
Empecemos precisamente por lo que ocurrió en este caso.
Cuando una aplicación te envía un código de verificación por SMS, correo electrónico o algún otro medio, ese código funciona como una llave temporal para demostrar que sos vos quien está intentando acceder a la cuenta.
Por eso, si alguien te llama y te dice:
—Te va a llegar un código de seis dígitos. Decímelo.
La respuesta debería ser siempre la misma: no.
No importa si la persona dice trabajar para WhatsApp, Google, un banco, una empresa telefónica o cualquier otra organización. Tampoco importa cuán convincente sea la explicación.
Un código de acceso es para vos.
Y si recibís uno sin haberlo solicitado, tampoco hace falta entrar en pánico: simplemente no se lo des a nadie. Probablemente alguien esté intentando iniciar sesión utilizando tus datos.
Activá la autenticación en dos pasos
Una contraseña es una barrera. Dos mecanismos diferentes de autenticación son mejores.
Siempre que una aplicación lo permita, conviene activar la autenticación en dos pasos o autenticación de dos factores.
WhatsApp, Google, redes sociales, servicios de correo y muchas otras plataformas permiten agregar mecanismos adicionales de protección, como un PIN o contraseña adicional, aplicaciones de autenticación o confirmaciones desde otro dispositivo.
Cuando estén disponibles, también pueden utilizarse llaves de acceso o passkeys. Estas permiten iniciar sesión utilizando mecanismos como el bloqueo del propio dispositivo y tienen, entre otras ventajas, que no existe una contraseña tradicional que podamos terminar dictándole por teléfono a un estafador.
La idea es sencilla: conseguir una contraseña o un código no debería ser suficiente para entrar a una cuenta.
Y, obviamente, cualquier mecanismo adicional de acceso tampoco se comparte.
Las contraseñas no se guardan en un chat
Sí. Hay gente que hace esto.
Y mi tío tenía un chat donde guardaba contraseñas personales.
Puede parecer práctico: nos mandamos un mensaje a nosotros mismos, ponemos ahí las contraseñas y sabemos dónde encontrarlas.
El problema aparece cuando precisamente la cuenta que contiene ese chat queda comprometida.
En ese momento no perdimos solamente WhatsApp: acabamos de entregarle al atacante las llaves de otras cuentas.
Para eso existen los gestores de contraseñas.
Google, Apple y distintas aplicaciones especializadas ofrecen gestores que permiten almacenar las credenciales de manera mucho más segura. Además, hacen posible utilizar contraseñas largas y diferentes para cada servicio sin necesidad de recordarlas todas.
Porque ese es otro punto importante: reutilizar la misma contraseña en todas partes significa que, si una se filtra, varias cuentas pueden quedar comprometidas al mismo tiempo.
Si te piden plata por mensaje, verificá quién está del otro lado
Esta es probablemente la enseñanza más importante para los contactos de una persona cuya cuenta fue robada.
El mensaje puede venir realmente del WhatsApp de tu hermano, tu amiga, tu papá o tu compañera de trabajo.
Eso no demuestra que sea esa persona quien lo está escribiendo.
Si alguien conocido te pide una transferencia inesperada, especialmente si aparece alguna urgencia, verificá el pedido utilizando otra vía.
Llamalo. Mandale un mensaje por otro medio. Hacé alguna comprobación que permita confirmar su identidad.
Cinco minutos de verificación pueden evitar perder muchísimo dinero.
La urgencia también es una herramienta
Muchas estafas tienen algo en común: no quieren darte tiempo para pensar.
“Lo necesito ahora.”
“Tu cuenta va a ser bloqueada.”
“Tenés cinco minutos.”
“Estoy en una emergencia.”
“Pasame el código rápido.”
La urgencia busca que actuemos antes de preguntarnos si lo que está ocurriendo tiene sentido.
Cuando alguien nos pide dinero, contraseñas, códigos o datos personales con urgencia, precisamente ese es un buen momento para frenar y verificar.
Cuidado con las redes Wi-Fi públicas, pero sin paranoia
Una red Wi-Fi pública no es automáticamente maliciosa.
El problema es que en lugares públicos podemos encontrarnos con redes falsas que imitan el nombre de la red legítima, portales de acceso sospechosos u otras situaciones en las que no sabemos realmente quién administra la conexión.
Antes de conectarte, verificá cuál es la red oficial del lugar.
Y si vas a realizar una operación especialmente sensible —por ejemplo, ingresar al banco, modificar una contraseña o acceder a información importante—, utilizar los datos móviles puede ser una alternativa más conveniente.
Si dependés frecuentemente de Internet fuera de tu casa, tener un plan de datos adecuado también puede formar parte de tu estrategia de seguridad.
No se trata de tenerle miedo al Wi-Fi de una universidad, un aeropuerto o una cafetería. Se trata de saber a qué nos estamos conectando y qué estamos haciendo mientras estamos conectados.
No todos los códigos QR merecen ser escaneados
Un código QR no tiene nada de mágico. Muchas veces simplemente contiene una dirección web.
Y justamente por eso deberíamos tratarlo como tratamos —o deberíamos tratar— cualquier enlace.
Un QR pegado en una pared, colocado encima de otro cartel o enviado por una fuente desconocida puede dirigirnos a una página falsa que imite un banco, una red social o cualquier otro servicio.
Antes de ingresar datos, revisá a qué sitio te llevó.
La pregunta no debería ser “¿los QR son seguros?”, sino “¿confío en la persona, empresa o institución que me está dando este QR?”.
Un puerto USB también puede transmitir datos
Nos queda poca batería y aparece un puerto USB gratuito en un aeropuerto, una terminal, un centro comercial o algún otro espacio público.
Tentador.
El inconveniente es que USB no sirve solamente para proporcionar electricidad. También permite transmitir datos.
Eso no significa que todos los cargadores públicos estén preparados para robarnos información. Significa que, si no conocemos el equipo al que estamos conectando nuestro teléfono, estamos confiando en algo que no controlamos.
Una alternativa sencilla es utilizar nuestro propio cargador conectado a un enchufe convencional o llevar una batería externa.
Instalá aplicaciones desde fuentes confiables
Esto no significa necesariamente “solo Google Play o App Store”.
Existen tiendas alternativas legítimas, proyectos de software libre, repositorios reconocidos y desarrolladores que distribuyen sus aplicaciones desde sus propios sitios.
El punto importante es conocer la procedencia.
No instales una aplicación simplemente porque alguien te llamó y te dijo que la necesitás para “verificar tu identidad”, “solucionar un problema con tu banco” o “proteger tu cuenta”.
Mucho cuidado también con las aplicaciones de acceso remoto. Herramientas legítimas que permiten controlar un dispositivo a distancia pueden convertirse en una herramienta perfecta para un estafador si nosotros mismos le damos acceso.
Antes de instalar algo fuera de una tienda conocida, comprobá quién lo desarrolla y desde dónde lo estás descargando.
Mantené actualizado el celular
Las actualizaciones no sirven únicamente para cambiar iconos, agregar funciones que quizá nunca utilicemos o mover misteriosamente una opción que finalmente habíamos aprendido dónde estaba.
También corrigen vulnerabilidades.
Por eso conviene mantener actualizado el sistema operativo y, especialmente, las aplicaciones que manejan información sensible.
Lo mismo vale para aplicaciones que ya no utilizamos: si no las necesitamos, probablemente tampoco necesitemos mantenerlas instaladas y con permisos sobre nuestros datos.
Revisá los permisos de las aplicaciones
¿Una calculadora necesita tus contactos?
Probablemente no.
Android y iOS permiten controlar qué aplicaciones pueden acceder a la cámara, el micrófono, los contactos, la ubicación y otros datos del dispositivo.
No hace falta obsesionarse revisándolos todos los días, pero sí vale la pena prestar atención cuando una aplicación solicita un permiso que no parece tener relación con lo que hace.
La pregunta más sencilla es:
“¿Para qué necesita esto?”
Si no encontramos una respuesta razonable, podemos negar el permiso.
Protegé también el teléfono físicamente
La seguridad digital no empieza en Internet.
Un celular sin bloqueo que cae en manos ajenas puede permitir acceder directamente a mensajes, correo electrónico, fotos y muchas otras aplicaciones.
Usá un PIN seguro, contraseña, huella digital u otro mecanismo de bloqueo disponible en tu dispositivo.
También conviene configurar el bloqueo automático y las funciones que permiten localizar o proteger remotamente un teléfono perdido.
Y algo que suele olvidarse: la tarjeta SIM también puede protegerse mediante un PIN. De esa manera, sacar la SIM del teléfono y colocarla en otro dispositivo no alcanza para utilizarla inmediatamente.
Revisá qué dispositivos tienen acceso a tus cuentas
WhatsApp permite consultar los dispositivos vinculados. Google y otros servicios también permiten revisar desde qué dispositivos se inició sesión.
Hacerlo ocasionalmente puede permitirnos descubrir un acceso que no reconocemos.
Si aparece un dispositivo desconocido, cerrá esa sesión y revisá inmediatamente la seguridad de la cuenta.
Compartir menos información también ayuda
No toda la información necesaria para una estafa se obtiene hackeando algo.
Nosotros mismos publicamos muchísimo sobre nuestras vidas.
Nombres de familiares, cumpleaños, lugares que frecuentamos, viajes, trabajo, teléfonos y relaciones personales pueden servir para construir una historia muchísimo más convincente.
No significa que tengamos que desaparecer de Internet.
Significa entender que la información pública también puede utilizarse para intentar ganarse nuestra confianza.
¿Y si ya pasó?
Lo primero es actuar rápido.
Si perdiste el acceso a una cuenta, utilizá los mecanismos oficiales de recuperación del servicio.
Si se trata de WhatsApp, avisá cuanto antes a tus contactos por otro medio para que sepan que no deben responder pedidos de dinero ni compartir información.
Si también perdiste el teléfono o la tarjeta SIM, comunicate con tu operadora para bloquear la línea y obtener una nueva SIM con el mismo número. Al volver a registrar tu número en WhatsApp desde otro teléfono, la sesión anterior asociada al número deja de estar activa.
Revisá las cuentas relacionadas, cambiá las contraseñas que puedan haber quedado expuestas y cerrá sesiones desconocidas.
Si hubo transferencias o movimientos de dinero, comunicate inmediatamente con el banco o la billetera involucrada y realizá la denuncia correspondiente.
Y guardá toda la evidencia posible: mensajes, números telefónicos, comprobantes, datos de las transferencias y capturas de pantalla.
No hace falta ser especialista
Tal vez esta sea la parte más importante de toda esta guía.
Durante años aprendimos que saber utilizar un celular significaba saber llamar, mandar mensajes, instalar aplicaciones, sacar fotos o entrar a Internet.
Eso ya no alcanza.
El teléfono se convirtió en una extensión de nuestra identidad. Puede contener nuestros recuerdos, nuestras conversaciones, nuestro trabajo, nuestros medios de pago y las llaves de acceso a buena parte de nuestra vida digital.
Aprender algunas medidas básicas de seguridad forma parte de aprender a utilizarlo.
Y tampoco deberíamos convertir a quien cae en una estafa en objeto de burla. La ingeniería social funciona precisamente porque explota comportamientos humanos completamente normales: confiar, ayudar, responder ante una emergencia o creerle a alguien que parece saber de qué está hablando.
Podemos tener el celular más caro, el sistema más actualizado y veinte mecanismos de seguridad activados. Si alguien logra convencernos de que le entreguemos voluntariamente la llave, buena parte de esas barreras dejan de servir.
Por eso, probablemente, la herramienta de seguridad más importante no venga instalada en ningún teléfono.
La mejor aplicación de seguridad sigue siendo el conocimiento.
Fuentes y más información
Para elaborar y verificar las recomendaciones de esta guía se consultó documentación oficial de WhatsApp, Google y organismos especializados en seguridad informática.
