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Mucha gente se pregunta qué somos. Nosotras, sí, a veces. Pero la mayor parte del tiempo no. No nos hace falta. Hace poco me dijiste que el amor y el arte son lo mismo. Entonces, ¿por qué buscarnos una etiqueta? ¿Por qué cuestionarnos algo que para nosotras queda más claro que el agua?
Esta especie de carta va para vos. Porque sabés mucho de cómo y cuándo Kata llegó a mi vida. Sabés y entendés lo que significó y significa para mí. Y lo que va a significar para siempre. Lo sabés porque llegaste a sentirlo vos también. Lo sabés porque su partida te dolió por igual. Y eso fue increíble. ¿Por qué te adoptó como a otra mamá? ¿Tiene alguna explicación? Me lo pregunto mientras lloro en tus brazos por su ausencia e intentás consolarme y contenerme. Me lo pregunto mientras mis lágrimas no te dejan dormir la siesta, aun sabiendo que a la noche vamos a salir a despejarnos un rato. A intentar pensar en otras cosas. A intentar convencernos, o intentar convencerme a mí misma, de que salir adelante vale la pena. Aunque me sienta más sola de lo que me he sentido nunca. Aunque llore más lágrimas que el agua que cayó en las recientes tormentas en todo el país.
Quizás muchas preguntas no tengan respuestas. Y al fin y al cabo de eso se trata. No de saberlo todo, sino de creer que es cierto. De intentar aceptarlo aunque no puedas comprenderlo. Y de eso se trata el amor, el arte, la poesía. Porque eso soy, eso somos. Eso éramos y seguiremos siendo con ella.
Kata. Cuánto la extraño. Sí. Sabés cuánto. No sé cuánta gente lo entiende realmente. Por suerte mucha gente sí, y eso me reconforta también. Saber que hay tanta gente que estuvo al pendiente de ella todo el tiempo…
Pará. Esta carta va para vos, dije. Y me estoy yendo por las ramas. En fin. Te cuento un poco cómo pasó. Todo el mundo me venía insistiendo en que tenía que adoptar una mascota. Algunos decían un perro, otros un gato, otros decían que no importaba. No sabía que ella iba a venir realmente al principio.
—Dentro de seis meses va a aparecer alguien que va a cambiar tu vida para siempre —me dijo esa brujita que terminó yéndose de mi vida poco después de que ella llegó.
—¿Sí? ¿Quién? ¿Otra mujer? —le pregunté.
—Sí, no sé. Más o menos. No sé yo tampoco cómo explicártelo.
Y el tiempo pasó. En mayo de 2023 me encontré con una chica que hacía años que no veía. Y me contó que su hijita se llama Cata. Cata con C. Y le dije que yo quería tener una gatita a la que ponerle Kata. Pero Kata con K. Como Kathy, como Katherine.
Desde ese día tuve la certeza de que iba a llegar. No sabía exactamente cuándo. Pero ya no era un pensamiento, un deseo. Era una realidad que aún no había sucedido. ¿Entendés? Era algo que iba a pasar. Que yo sabía que iba a pasar. Y no sabía cómo. Se llama instinto, presentimiento, no sé. Muchas culturas le dan distintos nombres. Y la brujita, antes de irse, me lo confirmó:
—Ahí está. Ella es. Es tu guía.
Lo cierto es que yo la estaba esperando y parecía que ella a mí. El resto de la historia de ese primer mes está en la entrada que publiqué con su nombre: Kata — Katalina. Ahí recién empezó todo.
Las anécdotas que tengo con ella son tantas y tan hermosas que no me alcanzaría este espacio para contártelas todas. Además, prefiero hacerlo en textos que sean publicados aparte. O incluso ir contándotelas a vos personalmente cada vez que nos veamos.
Aun así, en los últimos meses decidió compartir ese tiempo no solo conmigo, sino también con vos. Y aunque al principio me dieron celos como si de una infidelidad se tratara, poco a poco entendí que muchas veces el amor no tiene explicaciones. Igual que el arte. Igual que la poesía. Solo existen para que podamos deleitarnos con ellos y vivir ese presente tan lleno de emociones, sentimientos y sensaciones que jamás van a irse de nuestras cabezas. Pero, aún mejor, de nuestras almas. De nuestros corazones.
Y fue así como no solo compartimos su amor. Fuimos parte de él. Las dos. Las tres. Al mismo tiempo. Quizás compartir tampoco sea la palabra correcta. Porque compartir significa dividir algo para que otros puedan disfrutarlo también. No, no. Entre nosotras tres no pasó eso. Kata nos amó, nosotras la amamos y nosotras nos amamos también, aunque con distintas características.
¿Se puede programar el amor? Me pregunté hace mucho tiempo en una novela que quedó pausada momentáneamente por este suceso. Y creo que la respuesta definitiva es no. No importa la respuesta de la novela ahora. Ahí se plantean muchas otras preguntas.
Pero sí puede reprogramarse el universo, las personas, el entorno. Y ella lo hizo. Sí, lo hizo. Porque aunque nos doliera, aunque se transformara en un agujero en el alma tan, pero tan grande que no sé si algún día cerrará realmente, ella tenía que irse. Ella sabía que iba a irse. Y reprogramó el entorno para que así sucediera.
¿Te acordás de ese lunes 27 de julio? Había salido de la veterinaria. Me dijeron que tenía que darle de comer y de beber con una jeringa. Sabía que no iba a poder sola. Me puse triste. Casi lloro de nuevo y ya estaba muy susceptible.
¿Cómo iba a hacer? Soy ciega. Sí, ciega. Y quizás se podía. Y quizás por ella era capaz de aprender. Pero en el momento te sentís desesperada. Te sentís inútil. Te sentís realmente discapacitada. Porque ella no podía esperar a que yo aprendiera a hacerlo bien. No podía esperar a que aprendiera a darme cuenta de si tragaba la comida o no.
Llegué a casa y te mandé un mensaje. Tenemos un código implícito que supongo que todo el mundo usa, que consiste en que mandás un mensaje y esperás unos minutos. Si la otra persona no lo lee, pero el mensaje es importante, la llamás. Y este mensaje era importante. Porque te necesitábamos unos días con nosotras.
—Boluda, ¿para qué me llamaste justo ahora?
Tu reacción me resultó tan extraña que al principio no supe qué responder.
—Bueno, es que te mandé un mensaje importante que necesitaba que leas y te llamé para que lo hagas, como hicimos varias veces.
—Pero, ¿justo ahora? —insististe.
—Sí, ¿por?
—Porque estoy yendo para tu casa. Estoy a veinte minutos. ¡Ni una sorpresa me dejás darte!
Me tildé. Literalmente. Y no es que vivas precisamente cerca. Vivís a dos horas de casa, más o menos. ¿Cómo es que estabas a veinte minutos justo cuando más te necesitábamos?
Lo entendí inmediatamente. Era nuestra pequeña administradora cósmica haciendo de las suyas. Las casualidades no existen. Y con ella, menos que menos. Si alguien le caía mal, ya no iba a ser bienvenido. Porque era la gatita más sociable que conocí jamás. Entonces, si ella le hacía la cruz a alguien…
Llegaste. Nos abrazamos. Te lo expliqué todo y al principio nadie lo podía creer. Podría haber pasado como un hecho aislado, claro. Justo estabas viniendo. Sabías que ella estaba mal. Sabías que íbamos a ir a la veterinaria, como estábamos yendo todos los días. Pero…
Ese miércoles 29, Bicho —mi criaturita menor— tenía un turno médico. Tenía que venir con la mamá el martes 28 para asistir al turno, que era acá en Capital. Vinieron para eso. Y el turno se había suspendido. El mensaje de la obra social suspendiéndolo nunca llegó. Es más, llegó un mensaje de confirmación. El mail de la doctora que tenía que atenderlo avisando que no iba a asistir tampoco llegó jamás. Y ella está segura de haberlo enviado.
Bicho no solo me ayudó lo mejor que pudo a darle de comer y beber, sino que al día siguiente hizo los dibujos de la cajita que compramos para enterrarla. La llevaron a su casa, donde tienen patio, y junto con la mamá, mi criatura mayor y un amigo de ella que ya es de la familia, la enterraron. ¿Todavía alguien puede creer que sean casualidades?
La enterraron junto con Daisy, nuestra perrita que se fue hace dos años. Ahora están descansando las dos juntas en el cielo de las mascotas. De esos miembros de la familia que dejan huellas imborrables en nuestros corazones.
¿Y las casualidades? ¿Y vos? Sí. Vos. Porque apenas diez minutos después de que Kata se había ido, cuando yo ya lo había confirmado y estaba por escribirte, vos me escribiste a mí. Y te lo conté. Y lloramos juntas a la distancia. Al mismo tiempo. No me lo dijiste nunca. Pero sé que fue así.
Desde que se fue, lloré miles de millones de veces. Lloramos juntas y separadas. Lloramos con otras personas o solas. Nos peleamos muy fuerte unas dos o tres veces, como queramos verlo. Pero lo que Kata unió no puede separarlo el mundo. Y lo entiendo. Ahora lo entiendo. Ella sigue de alguna forma con nosotras. Ella sigue manteniéndonos unidas aunque a veces ni nosotras mismas podamos hacerlo.
De seguro hay más cosas que no tienen explicación lógica: los ruidos que escuché varias veces de ella rascando la caja de las piedritas; el ruido que escuchamos ambas en la cocina, en el que se movieron unos vasos de vidrio, o al menos creímos que eran vasos. Tampoco podemos explicar las conexiones telepáticas que tenemos todas las personas que entramos a esta casa desde entonces. Al principio creí que era algo aislado también. Después creí que pasaba solo con vos. Pero la cosa llegó a tal punto que no establecer una teoría cósmica al respecto me sería imposible. Imaginate: pensás en algo y justo la persona que está con vos te dice que acaba de pensar lo mismo. Y puede estar relacionado con lo que estaban hablando o no. Incluso puede no estar relacionado con nada. Y no hay dudas, pero sí pruebas. Nos pasó a todos. ¿Serán casualidades también? Difícil saberlo.
Creo que ya voy a ir terminando esto. No porque no tenga nada más que decirte, que contarte, sino porque aún hoy tengo más preguntas que respuestas: ¿Por qué ella? ¿Por qué se fue? ¿Por qué tan chiquita? ¿Por qué justo meses antes de irse adoptó a otra mamá? ¿Por qué no la llevé a hacerse los controles los meses anteriores? ¿Por qué todo pasó tan rápido que aún me cuesta procesarlo? ¿Por qué no puedo dejar de llorar? ¿Por qué no quiero dejar de llorar? ¿Por qué me cuesta tanto seguir adelante? ¿En algún momento voy a poder? ¿Cuándo? ¿Por qué vuelvo a tener pensamientos intrusivos? ¿Por qué cuando todo empieza a salir bien la vida te vuelve a golpear sin darte tregua?
No tengo esas respuestas ni tantas otras tampoco. Pero sí tengo hechos. Porque estás ahí. Porque estuviste para ella. Para nosotras. Para mí. Porque muchísima gente estuvo. Y estoy profundamente agradecida a todas y cada una de esas personas. Pero tu tiempo, tu paciencia, tu comprensión, tu dedicación son cosas que muchas veces no sé ni siquiera cómo interpretar. Quizás sea arte. Quizás sea amor. Quizás sea poesía. No sé qué es. Pero es algo muy profundo. Y aunque tenga sus vaivenes, porque somos personas complicadas y trastornadas, sigue siendo más fuerte incluso que antes.
Estoy realmente agradecida a la vida de haberte conocido. De que formes parte de mi vida y que me permitas formar parte de la tuya. De todo lo que hacés por mí. De todo lo que hiciste y seguís haciendo por nosotras. Pero, por sobre todas las cosas, de que Kata te haya elegido como mamá.
Kata te amaba. Te ama. Nosotras te amamos. Yo te amo y vos me amás. Lo sabemos. Y vamos a seguir haciendo arte. Mucho amor, mucho arte, mucha poesía. Porque Kata se lo merece. Y porque todo lo que se hace con amor sale bien. Por eso le escribí una canción. Por eso escribo estas cosas. Por eso te escribo estas cosas. Y por eso esto no va a ser lo último que escriba sobre ella, sobre vos, sobre nosotras.
Cómo habrá programado al mundo a su manera, que logró que durante dos semanas cientos de personas estuvieran al pendiente de ella. De su salud. De cada nuevo mensaje, estado o historia que salía, incluso de sus últimos momentos. Te juro que ni cuando cumplo años recibo tantos mensajes de afecto. Pero, por otro lado, ¿de qué otra forma podía irse de este mundo físico una diosa y administradora cósmica? No, no. Ella no. Ella tenía que irse con bombos y fanfarrias. Ella tenía que dar un espectáculo. Y lo hizo. Condicionó nuestras vidas a su voluntad. Y hasta eso es típico de ella.
Sé que le canté la canción que le escribí antes de que se fuera. Pero ¿habrá alguna forma de hacérsela llegar con nuestro arte? ¿Existirá alguna forma de reprogramar el universo para que esa señal le llegue? ¿En qué dimensión estará? Me dijiste que lo que ella y yo tenemos es una conexión álmica. ¿Volverá algún día? ¿Cuándo? ¿Nos cruzaremos ya en otra vida? Quizás, y solo quizás, vos sí tengas esas respuestas y quieras dármelas. O quizás deba empezar a hacer asociación de patrones, con el mismo método que uso para aprender algo nuevo, y descubrirlas por mi propia cuenta.
Quizás ya lo esté haciendo. O quizás ya lo haya hecho. ¿Quién lo sabe realmente? Sí. Solo yo. Solo vos. Solo ella. Solo nuestro amor. Solo nuestro arte. Solo nuestra poesía.
