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Escribo esto no para que sea leído por nadie, sino porque necesito plasmar estos hechos aprovechando que aún están frescos en mi mente antes de que se me escapen de la cabeza o se pierdan en los lugares más desorganizados y recónditos de mi cerebro. Para una mente como la mía tener todo organizado es indispensable. El problema aparece cuando la misma no sabe cómo hacer tal cosa. En fin. La razón por la que escribo es porque decidí embarcarme en un proyecto cuyas dificultades no pude prever antes de iniciarlo. Y es que, cuando decimos o hacemos cosas por impulso, nunca llegamos a medir las consecuencias detrás de nuestras acciones.
Este proyecto salió de una promesa. Sí, una promesa. Cuántas veces prometemos cosas que finalmente no sabemos si podremos cumplir. Este, claro está, no es el caso. Porque yo no sabía si se podía hacer o no. Solo lo prometí y quería hacerlo. Y si no se podía, aún así lo iba a intentar.
Resulta que le prometí a una personita muy especial regalarle todas las estrellas del firmamento. Sabía que no sería una empresa fácil. ¿Pero, qué tan difícil podría ser? Como dije, no me importaba. Entonces empecé a investigar, a buscar información. Lo primero que hice es lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría: googlear. Sí, el clásico. No mucho más.
APIs del universo. Cómo realizar una petición HTTPS. URLs, headers (cabeceras). ¿En qué formato me devuelve la respuesta? ¿Es un archivo JSON? ¿La petición debe ser GET o POST? Porque no es lo mismo. La información estaba ahí. ¿El problema? Los permisos: «Acceso denegado: Se requieren permisos de administrador para realizar esta solicitud.»
—Ufa. ¿Y ahora?
Me metí en Reddit, en la Deep Web, en las páginas en donde se venden bases de datos con filtraciones de contraseñas de todo tipo. No hubo caso. Nadie tenía el usuario y contraseña que estaba buscando. Lo más cerca de eso que llegó a decirme un usuario es que consulte con los científicos y los físicos, a ver si ellos tenían alguna respuesta. Lo hice. Se me ocurrió la idea de consultarles por los agujeros negros:
—Sí, sí. Ponele que pueden llegar a funcionar. Pero son inestables, impredecibles. ¿Segura que querés probar con eso?
Pero lo que quizás más me llamó la atención fue la respuesta de otro físico:
—Primero, lo que vas a hacer no tiene antecedente alguno en la historia del universo. Es como ser un mal programador y crear un universo caótico, inestable, con leyes no tan claras, y no conforme con eso, crear vida con un ADN escrito un viernes a las seis de la tarde, sin tests unitarios, sin integración continua, pusheando directo a producción y después pretender arreglar millones de años de bugs con milagros… ¿Che, y por qué no le preguntás a Dios? O al diablo…
Sí, al Diablo. Fue mi primera opción. Pero después del pacto que mi alter ego interdimensional había hecho, el diablo no quería volver a cruzarse conmigo en ninguna de mis versiones existentes o inexistentes pasadas, presentes ni futuras. Literalmente me había bloqueado. Los mensajes al 666 salían enviados, pero ni vistos, ni entregados, ni me aparecía en línea, nada. Y la clásica llamada me derivaba al contestador.
Dios fue la segunda opción. Pero la verdad no sé si ese centro de atención al cliente alguna vez funcionó bien. «Usted se ha comunicado con el centro de asuntos celestiales. Para hablar con San Cayetano, pulse 1. Para hablar con San Antonio, pulse 2. Para hablar con San Expedito, pulse 3…» Me cansé. Yo no soy de mucha paciencia. Eso lo sabe hasta Dios. Entonces, si nadie me atendía por ahí, iba a tener que dirigirme a sus oficinas directamente. Y sabe Dios que fui capaz de hacerlo.
—Cuchame. Dale. Te estoy pidiendo una cosa nomás. Ni siquiera me atienden el teléfono. ¿Qué querés que haga? ¿Que difunda la palabra? Dale que a todos los que mandaste para eso lo vienen haciendo re mal. ¿Qué te hace pensar que yo lo haría mejor?
No hubo caso. Me echó a patadas y me dijo que antes de pedirle cosas a él hubiese pensado si hacer un pacto con el diablo era una buena idea. Pero qué cosas esta gente. Una comete un pecado y la condenan para toda la eternidad. ¿Qué clase de justicia es esa?
La verdad me estaba por rendir. Ni Dios, ni el diablo, ni la ciencia. La de los agujeros negros me seguía pareciendo la mejor opción, aunque Stephen Hawking no hubiese estado de acuerdo. Ni Albert Einstein, ni J. Robert Oppenheimer, dicho sea de paso. Aun así, este último había creado la bomba atómica. Yo no quería matar a nadie. Solo quería las estrellas para regalárselas a alguien porque se las prometí. Insisto. ¿Qué tiene de malo?
Lancé peticiones de prueba. «Error 504. El servidor no responde…» Los físicos tenían razón. Un agujero negro no puede devolverte nada porque una vez algo pasa por ahí, ya no vuelve a salir. Al menos no por el mismo lado por el que entró.
Lo último que hice fue consultar al oráculo de la época actual: la Inteligencia Artificial. Me dijo básicamente que una mortal no podía tener esos accesos. Nadie iba a dárselos. Excepto… Los antiguos dioses egipcios aún existentes. Sí. Los gatos.
—¿Los gatos? ¿Segura que no es más fácil el agujero negro, Dios, o ir a las oficinas del diablo y pedirle perdón?
—No. Si querés tener privilegios de administradora cósmica, los únicos que pueden ayudarte son los gatos.
—¡Pero esos no ayudan a nadie si no es por comida, una cama donde dormir la siesta o por mimos!
—Lo siento. Son tu única opción.
—Bueno, Kata… necesito privilegios de administradora cósmica.
Kata levantó una oreja.
—Prometo no usarlos para nada malo.
Silencio.
—Es solo para regalarle las estrellas a alguien.
Kata me miró unos segundos. Bajó lentamente del sillón. Caminó hasta el escritorio. Saltó sobre el teclado y se subió al estante donde yo dejaba el mouse. Cansada de que me lo tire, lo había escondido detrás de unos teclados de repuesto.
La pantalla cambió.
Acceso concedido.
Usuario: Katherine
Rol: Cosmic Administrator
Advertencia:
Los permisos son revocables.
Me quedé inmóvil.
—¿…Kata? ¿Cómo que revocables?
Ella volvió a mirarme. Empujó los teclados uno por uno un poquito hacia adelante con la tranquilidad de quien acababa de modificar los permisos del universo.
Descubrió el mouse detrás…
Todo eso estaba arriba de una caja de discos. Empujó el mouse primero hacia el estante y por último al piso.
Se bajó y se fue a dormir.
